«El tiempo es un tigre que me devora; pero yo soy el tigre» (Jorge Luis Borges).
En un tiempo a juicio de muchos cínico, descreído y superficial, en el que la trivialidad se ha apoderado de los medios de comunicación y no para de prosperar la cultura del consumo, el escritor, sociólogo, economista y periodista Vicente Verdú nos invita a preguntarnos sobre la posibilidad de que todas estas manifestaciones de la posmodernidad estén conformando un panorama que todavía no alcanzamos a ver.
Este mes iniciamos nuestra nueva temporada de encuentros y cursos de escritores de «Libro, vuela libre» en Valencia con las agudas reflexiones de este brillante analista del mundo contemporáneo. Entre las luces y sombras de una época que tiene tan mala prensa, intentaremos rescatar las claves que están conformando un nuevo sistema:
«Nunca la actividad intelectual, nos guste o no, fue tan creativa, libre y vivaz como en este momento, ni el ordenador que nos obliga a volcarnos puede compararse al libro que incita a tumbarnos. Han desaparecido los marmóreos maestros pensadores y las referencias han adquirido una consistencia tan dúctil que en nada se parecen a la ferramenta anterior. Se ha vuelto incuestionable que la mejor escritura, el pensamiento más agudo requieren una lectura esforzada y atenta. Pero ¿quién puede pedirle esfuerzo lector al consumidor medio en un ambiente audiovisual veloz y, a menudo, empleando ocho horas en trabajos relacionados con las pantallas? Más que un pasaje el consumismo es una manera de ser y de tener, una forma de vida. Pero también, para consideración de los más sabios, una colosal operación contra el miedo a morir.»
Vicente Verdú. Yo y tú, objetos de lujo. El personismo: la primera revolución cultural del siglo XXI.
HEMOS LEÍDO… Hoy nuestro club de relatos fantásticos propone la lectura de Ella acaba con ella, de Juan José Millás. Disfrutad con este fragmento de un adelanto del tratamiento simbólico y fantástico que este escritor valenciano le da al espacio: Seguir leyendo




«Las más afanosas preguntas llovían de todas partes, y la masa movediza comenzó a atascarse, debido a que, evidentemente, se paraban los que iban delante. Circulaba el rumor de que había sido dada la orden de detenerse, y todos siguieron en medio de la carretera fangosa. Se encendieron las hogueras. La conversación se hizo más perceptible. El capitán Tuchin, después de dar órdenes a la compañía, envió a un soldado en busca de la ambulancia o de un médico para el suboficial, y después se sentó al lado del fuego que los soldados habían hecho en medio de la carretera. Rostov se arrastró también a su lado. Un temblor febril, ocasionado por el dolor, el frío y la humedad, sacudía todo su cuerpo. Se apoderaba de él un sueño invencible, pero el dolor de la mano lesionada, que no sabía dónde posarse, le impedía dormir. Tan pronto cerraba los ojos o miraba el fuego, que le parecía resplandeciente y acogedor, como contemplaba la figura curva y desmedrada de Tuchín, sentado a la turca a su lado.»
«Al franquear el umbral no había recobrado aún su presencia de espíritu; a lo menos, hasta que llegó a la mitad de la escalera no se acordó de que llevaba todavía el hacha. La cuestión que tenía que resolver era muy grave: se trataba de dejar el hacha donde la había tomado, sin llamar lo más mínimo la atención. Si hubiera estado más tranquilo habría comprendido, seguramente, que en vez de dejar el arma en su antiguo puesto, hubiera sido mucho mejor deshacerse de ella arrojándola en cualquier corral. […] En seguida subió la escalera y llegó a su habitación sin tropezarse con nadie; la puerta del cuarto de la patrona estaba cerrada. Cuando entró en su aposento se sentó vestido en el diván , y aunque no se durmió, quedó en estado inconsciente. Si hubiese entrado alguien en su habitación, habríase levantado bruscamente gritando despavorido. Mil ideas distintas le hormigueaban en el cerebro.» 





















