(Fotografía: Roberto Fariña)
«Decíamos antes que todos los oficios tienen sus herramientas para poder desarrollarlos. Añadíamos que nosotros teníamos la palabra.»(Lluís Quinquer).
En nuestro taller de escritores en Valencia sabemos que la vida es muy creativa y regala de forma continua, y con soltura, binomios fantásticos. Este nos sorprendió: un cúmulo de causalidades hicieron coincidir esta enigmática foto de mi talentoso amigo Roberto Fariña con un fragmento de Lluís Quinquer, que se desprendió con timidez de un viejo portafolios. La fotografía nos hizo imaginar el espectro del propio objetivo; y el fragmento nos condujo, directamente, a la única herramienta de la que disponen los escritores para fotografiar la vida: la palabra.
FOTOGRAFIAR CON PALABRAS… Visita los horarios y las fechas de inicio de los próximos grupos de iniciación del taller de escritores adscrito al programa de liberación de talentos y a las cadenas de lectura y escritura de «Libro, vuela libre» en Valencia. Enlace de acceso: taller de escritores
«Decíamos antes que todos los oficios tienen sus herramientas para poder desarrollarlos. Añadíamos que nosotros teníamos la palabra. El conjunto de los signos que nos permiten expresarnos, bien sea oralmente o por escrito, están agrupados en algo que se llama abecedario y reúne a 28 de estos signos: 5 vocales y 23 consonantes. Y si a estos les añadís los signos de puntuación, ya lo tenéis todo. O casi. Con ellas y ellos, letras y signos, hemos de ser capaces de lograr toda suerte de combinaciones, variaciones y composiciones para intentar buscar la mejor manera de expresar un sentimiento o estado anímico, de concretar el color de un objeto, la textura de un tejido o de una piel o de una madrugada.»
Lluís Quinquer
Jose María Merino y su relato «La prima Rosa» son nuestra apuesta personal esta semana en el club de relatos fantásticos de nuestras comunidades literarias. Disfrutad de este fragmento: Seguir leyendo



«Los héroes de 

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«Las más afanosas preguntas llovían de todas partes, y la masa movediza comenzó a atascarse, debido a que, evidentemente, se paraban los que iban delante. Circulaba el rumor de que había sido dada la orden de detenerse, y todos siguieron en medio de la carretera fangosa. Se encendieron las hogueras. La conversación se hizo más perceptible. El capitán Tuchin, después de dar órdenes a la compañía, envió a un soldado en busca de la ambulancia o de un médico para el suboficial, y después se sentó al lado del fuego que los soldados habían hecho en medio de la carretera. Rostov se arrastró también a su lado. Un temblor febril, ocasionado por el dolor, el frío y la humedad, sacudía todo su cuerpo. Se apoderaba de él un sueño invencible, pero el dolor de la mano lesionada, que no sabía dónde posarse, le impedía dormir. Tan pronto cerraba los ojos o miraba el fuego, que le parecía resplandeciente y acogedor, como contemplaba la figura curva y desmedrada de Tuchín, sentado a la turca a su lado.»
«Al franquear el umbral no había recobrado aún su presencia de espíritu; a lo menos, hasta que llegó a la mitad de la escalera no se acordó de que llevaba todavía el hacha. La cuestión que tenía que resolver era muy grave: se trataba de dejar el hacha donde la había tomado, sin llamar lo más mínimo la atención. Si hubiera estado más tranquilo habría comprendido, seguramente, que en vez de dejar el arma en su antiguo puesto, hubiera sido mucho mejor deshacerse de ella arrojándola en cualquier corral. […] En seguida subió la escalera y llegó a su habitación sin tropezarse con nadie; la puerta del cuarto de la patrona estaba cerrada. Cuando entró en su aposento se sentó vestido en el diván , y aunque no se durmió, quedó en estado inconsciente. Si hubiese entrado alguien en su habitación, habríase levantado bruscamente gritando despavorido. Mil ideas distintas le hormigueaban en el cerebro.» 














