África: voces contra la mutilación genital femenina

Aurora Luna libros

Autor: Aurora Luna/ Fotografía: Fernando Darder

El África que yo conozco es atrayente y viva, colorista, cercana a la naturaleza y violenta en sus contrastes. También es la cuna de una tradición cruel, que cercena  la infancia de muchas niñas; y es el hogar de miles y miles de mujeres, que han sufrido el peso de esa tradición y están levantando su voz  en contra de la mutilación genital femenina.

   Estas mujeres son muy valientes y representan la semilla de un cambio. Sus historias hablan del dolor que siente una niña de cinco años cuando una especie de curandera, sin conocimientos de medicina, mutila su sexo con cualquier objeto cortante y sin ningún tipo de anestesia. En sus sociedades la práctica de la circuncisión femenina, que recibe absurdas justificaciones y oculta un intento de control sexual, está muy arraigada y es temerario oponerse a ella; pero estas nuevas mujeres no están dispuestas a que sus hijas ni las hijas de sus hijas sigan sufriendo ese atentado contra su integridad  y experimenten un dolor que no termina en el momento de tan brutal operación sino que les acompaña el resto de sus vidas.

   He admirado a muchas de estas mujeres en Djibuti y en la zona somalí de Etiopía. Para mí, ellas son África. Su lucha es una potente luz en el continente africano, y deseo recordarla con este fragmento:

 Libro 5  La operación comenzó. Desde una habitación contigua, los alaridos de Shucri traspasaron los oídos de Seida, aunque ella intentaba tapárselos con ambas manos. Aquellos gritos hacían emerger de su memoria demasiado sufrimiento. Acurrucada contra la pared y con los ojos cerrados, recordaba la oscuridad, la navaja, la sangre, el dolor y el miedo. Lo curioso es que aquella práctica tan horrible le resultaba totalmente natural, porque le era imposible imaginar un mundo en que no existiera. No conocía otro tipo de sociedad y, en la suya, las niñas debían pasar por ese infierno.

   Shucri lloró y gritó. Su voz infantil se quebró después y dio paso al silencio. Las mujeres comenzaron a ulular. Sólo entonces Seida tuvo la certeza de que la vieja había terminado de sellar a su hermana y corrió a su encuentro.

   Con el corazón palpitante recorrió un pequeño pasillo y alcanzó la entrada de la habitación donde la habían circuncidado. Shucri estaba tendida sobre un camastro que había al fondo de dicha estancia. Había restos de sangre en el suelo; olía a una penetrante mezcla de sudor, carbón y huevo; y la vieja todavía estaba recogiendo su sucio instrumental. Seida evitó mirar los ojos nebulosos de la anciana que tanto le habían impactado años atrás y fijó la vista en su hermana. A la pobre niña la habían atado desde los tobillos hasta la cadera para que no abriera las piernas, y tenía la cara desencajada; pero las vecinas no dejaban de ulular en señal de festejo y de dirigirle, de vez en cuando, palabras de ánimo: “Ulululululu… Ya te has hecho mayor, te has hecho una mujer”-decían-. Ulululululu, ulululululu… Alégrate, hoy es un día muy feliz para tu familia, estarán orgullosos. Te lo hicieron bien…”.

   El rostro de su madre denotaba un gran alivio tras pasar por el duro trance de ver infibular a otra de sus hijas. La operación había concluido sin ningún problema y, por fin, había llegado el momento de celebrar  con la vecindad el sellamiento de Shucri. Su pequeña ya estaba preparada para contraer matrimonio, para ser una mujer respetada el día de mañana y para poder formar un nuevo hogar y una nueva familia sin miedo a ser repudiada.

   La alegría ante aquel acontecimiento fue expresada con los ritos habituales: se rompieron huevos en símbolo de suerte; las niñas del barrio fueron invitadas a caramelos; y, sobre la cabeza de Shucri, cayó una lluvia infinita de palomitas. A la pequeña también le regalaron varias cosillas y, después, las palomitas y los huevos estrellados fueron cubriendo el suelo de la casa hasta llegar a la entrada y quedar a la vista de todos los habitantes de Hafte-Issa, pues nadie debía quedar ajeno a semejante celebración.

   Cuando la celebración terminó, la familia de Shucri reanudó su vida normal. No obstante algo se removía en el interior de Seida, que empezó a observar con atención a su hermana.

   Shucri permaneció durante más de una semana postrada en la cama y sujeta a un estricto régimen alimenticio. Un régimen, que sólo le permitía beber unas cucharadas de agua al día y comer pequeñas cantidades de arroz blanco. A los nueve días comenzó a comer normal y a tener más necesidades fisiológicas, pero la materialización de esas necesidades le causaba un gran dolor y amenazaba con abrir sus heridas en pleno proceso de cicatrización, por lo que ella misma rechazaba, en muchas ocasiones, el agua o los alimentos.

   La niña pudo andar, con el apoyo de un cayado y dando minúsculos saltitos, a partir de la segunda semana. Durante todo ese tiempo siguió manteniendo las piernas atadas y necesitó ayuda de su familia para incorporarse. Seida, que no paraba de observarla, sentía que todas esas fases le causaban un gran sufrimiento y, por eso, se alegró tanto cuando su madre le anunció que la herida de su hermana estaba a punto de curar y que, en breve, sería desatada.

   Un mes después de la infibulación Fatuma llamó a la vieja para que visitara a su hija. La anciana de ojos nebulosos volvió a aparecer ante Seida con pasos vacilantes, producto de su incipiente ceguera, y se internó por el pasillo que conducía a la habitación de Shucri. Cuando Fatuma y la vieja salieron, la familia fue informada de un terrible suceso: la herida no había cicatrizado bien y la apertura era más grande de lo deseado, por lo que Shucri debería ser sellada de nuevo. 

  “Shucri debe pasar otra vez por…, ¡por todo! –dijo Seida para sus adentros”. La noticia la hundió. La infibulación de su hermana le había impactado mucho porque, desde el primer momento, le había hecho recordar la suya. Que la infibularan de nuevo significaba revivir más dolor. “¿Para qué tanto dolor? –se preguntó”. Fue entonces cuando dejó de ver con normalidad aquella cruel práctica y empezó a imaginar un mundo mejor, en el que no existiera.  

Aurora Luna

Una historia sobre la mutilación sexual femenina (fragmento)

ISBN: 84-96144-44-5

Reportaje MGF 1

MÁS INFORMACIÓN:

 https://talleresliterariosvalencia.com/aurora-luna-libros-y-publicaciones-i-una-historia-sobre-la-mutilacion-genital-femenina/

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  1. EL EXCESO DE CONTROL: QUINTO HOMICIDA DE LA CREATIVIDAD. Clubes y talleres de literatura y escritura creativa en Valencia. | Luna de papel :: Talleres Literarios en Valencia - 27 de agosto de 2013

    […]    Dentro de cada adulto y de cada niño habita un inquieto, un intrépido explorador; y la creación literaria es, sin duda, una aventura extraordinaria. Nuestro potencial creativo y aventurero para la vida y la literatura es fascinante, pero -como venimos viendo en las últimas entradas del blog- está lleno de enemigos. Otro de sus implacables depredadores, nuestro asesino de la creatividad número cinco, es el exceso de control al realizar las actividades. Este potente inhibidor está presente ya en la escuela y suele caer sobre nuestras espaldas en una etapa muy temprana, al principio de nuestro periplo infantil: […]

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