Taller de escritura: EL MENÚ CANÍBAL DE MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN. Clave 36

30 Oct

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   En este Halloween un festín de gelatina, huesos y carne salpicará a un Premio Nacional de Literatura.  La obra del narrador, periodista y poeta que protagonizará el próximo tributo literario de Libro, vuela libre nos hará vivir una experiencia singular en la que tendrán que relacionarse estrechamente varios aspectos de la clave 36. Noviembre comienza repleto de actividades y encuentros, y esta semana el tributo literario en curso de nuestro taller de escritura en Valencia es para Manuel Vázquez Montalbán y para su menú más caníbal:

Clave 36 del taller de escritura en Valencia de Libro, vuela libre: EL MENÚ CANÍBAL DE MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN

taller-de-escritura“El menú hallado por la policía entre muy variados e interesantes apuntes de Ebuka, era ofensivamente proteínico, condicionado por su apreciación proteínica de Europa, ilustrada por un conocimiento casi diabólico de la gastronomía universal. Es más. Al frente de tan macabros apuntes figuran apreciaciones del mismísimo Jean Anthelme Brillat Savarin sobre las carnes, compuestas, según su saber, por fibra, que es lo que primero aparece después de la cocción. Brillat Savarin constata que la fibra resiste el agua hirviente, conservando la misma forma, aunque perdiendo parcialmente sus envolturas. A fin de convertir la carne en tajadas, observa muy agudamente el gastrósofo, debe cuídarse que el ángulo que forma la fibra con el ángulo del cuchillo sea recto o casi. Así trinchada, la carne presenta más agradable aspecto, sabe mejor y se mastica con mayor facilidad. Con la misma curiosidad y minuciosidad que Savarin, Ebuka había anotado que los huesos se componen de gelatina y fosfato cálcico, aunque con la edad disminuye la porción de gelatina y los huesos de una persona, por ejemplo, de setenta años, no son otra cosa que “…mármol imperfecto”, es decir, son fáciles de romper y por eso los ancianos son tan prudentes en la previsión de posibles caídas. Sabía Ebuka, como Savarin, que la carne tiene albúmina y que se coagula a una temperatura de 40 grados y que es la albúmina la que forma la espuma en los pucheros, dispuesta a arruinar los más poblados pots au feu. Especialmente estremecedora fue la nota de que también se encuentra gelatina en los huesos y en las partes fofas y cartilaginosas, habida cuenta de que Ebuka, a partir de estos criterios, había guisado a un agente de cambio y bolsa de Munich especialmente grueso y fofo, en opinión de su viuda, testigo banal que se extendió en consideraciones divagantes de este tipo a lo largo de toda su intervención ante el tribunal. No quiero proseguir en este balance de horrores en los que la pretendida asepsia científica de una fisiología del gusto se puso al servicio de una cocina diabólica y sabiamente estudiada para que estuvieran representados los principales sabores europeos. Pero sí creo necesario llamar la atención sobre los efectos nocivos de la cultura cuando se convierte en coartada de toda clase de conductas, como si la voluntad de conocer no tuviera límites morales y pudiera utilizarse siempre como máscara, incluso máscara de caníbal revanchista que trata de vengarse de los efectos acumulados de lo que antes se llamaba división internacional del trabajo y desarrollo desigual y hoy, más propiamente, se cobija bajo denominaciones alejadas del espíritu de la lucha de clases internacional, sabiamente formuladas por la filosofía del lenguaje de la Unesco, la institución que más ha hecho para que el lenguaje político se hiciera cultural y perdiera dramatismo histórico.
    La obsesión de Ebuka por la proteína europea se plasma en la simple enumeración de sus menús:
Entrantes:
    Tripas de español y española (a partes iguales) al estilo del mondongo del barrio de Triana.
    Riñones de ciudadano británico, a ser posible esposo consorte de especialista en urología.
    Una pequeña ración de gense hutsepot, cazuela flamenca hecha con distintas carnes, con la excepción de carne de valón, regadas con jeneber frío.
Platos de fondo
(optativos o no):
    Solomillo de aduanero francés al foc-demi-cru de abadesa del Perigord.
    Brochette de azafata griega aromatizada con salvia de la isla de Skorpios.
    Salchichas blancas de carne molida de agente de cambio y bolsa de Munich con patatas criadas en las próximidades de cementerios de minorías étnicas.
    Frikadeller, albóndigas compuestas de mezcla de ciudadanos daneses y noruegos (60% y 40%, respectivamente), fritas en mantequilla elaborada con leche de danesa o noruega, sin preferencias explícitas.
    Irish stew de pescuezo de irlandés, con guarnición de cebada y hortalizas (aunque es casi seguro que esta guarnición fue incorporada por ingleses metropolitanos ricos, en un momento histórico difícil de determinar).
    Hígado de portugués adobado con vino, vinagre, especias, cocido con tocino ahumado obtenido de la panceta de un portugués emigrante.
    En cuanto al postre, impresionó mucho a la audiencia la morosa explicación de cómo había cocinado Ebuka el lattaiolo con leche de madres jóvenes florentinas, cáscara de limón, dos huevos enteros (de gallina, naturalmente), vainilla, yemas de media docena de huevos, dos cucharadas de harina, nuez moscada rallada, canela molida y azúcar lustrado, apenas cien gramos porque este plato puede ser peligroso para los diabéticos. No sólo los italianos presentes entre el público, lógica y directamente emocionados, sino también los españoles, aunque el horror en este caso fue totalmente comunitario, reaccionaron visceralmente ante lo que consideraban una agresión a la más profunda memoria de sus madres. Si el hombre, y algunas mujeres, al decir de Saint Exupery, pertenece “al país de su infancia”, su paladar-patria se origina en el sabor de la lecha materna o en su defecto de cualquier sucedáneo Nestlé que se le aproxime. Pero no, Ebuka no había condimentado el lattaiolo a partir de cualquier leche concentrada, sino que había ordeñado, Dios sabe por qué procedimientos, a jóvenes madres florentinas que vagaban por Estrasburgo en busca de sus renombradas charcuterías y, sin que se conozcan ulteriores utilizaciones de las donantes, había hecho un uso sacrílego de aquella leche.
    —¿Con qué derecho vosotros, mamones de leches sintéticas, me pedís explicaciones por una utilización cultural de leche humana?
    Respondió arrogantemente Ebuka al indignado dolor de la sala y estuvo en un tris que un diputado comunista español que amaba mucho a su madre no le agrediera entre el desconcierto general y el campanilleo histérico de un juez, a todas luces desbordado por aquella vorágine de sentimientos.
    Una reseña del juicio sería insuficiente si ocultara una anécdota susceptible de convertirse en categoría. Desde la justa necesidad de poner en evidencia la barbarie del caníbal, el fiscal aportó como prueba el hallazgo en su domicilio de una docena de lavativas de distintas procedencias, tamaños y épocas, esgrimidas como constatación de las perversas inclinaciones de Ebuka. Ante la desdeñosa sonrisa del acusado, exigióle el juez que diera una explicación suficiente para tan escatológico hallazgo. Y el perverso salvaje tuvo el cinismo de utilizar la cultura exquisita de Grimod de La Reyniere para esgrimir el argumento de que todo cocinero debe ser purgado, según una fórmula que el gastrósofo resumió de esta manera: “Cuando sintáis que vuestro cocinero se abandona, que sus guisos van cargados de especies con demasiada sal y sabor muy fuerte, podéis estar seguros de que ha perdido la sensibilidad y de que ya es tiempo de pedir ayuda al boticario. Preparad entonces bien al sujeto, con dos días de dieta y de lavativas, dadle una pócima purgante basada en maná de Calabria, ruibarbo, casia y sal de Sedlitz, con dosis ajustadas a la mayor o menor insensibilidad de su paladar. Dejarle reposar luego un día, retirarle la purga para acabar de allanar los humores y, después de dos días de reposo total, podréis enorgulleceros de tener a un hombre completamente nuevo”. Y no contento con tan siniestra utilización de un eminente filósofo de la raza que había devorado, clavó sus ojos en el juez y asumiendo el manojo de lavativas que le mostraba, remató su baladronada asegurando que el mucho probar las comidas, los olores de los hornos, el beber continuamente, y no siempre buen vino, para guisar, el vapor del carbón, el humo y la bilis, desnaturalizan las facultades del mejor cocinero y provocan una grave alteración en los órganos de degustación del profesional del gusto. “El paladar se embrutece —señoría—, desaparece la capacidad de apreciar la textura, la finura, la sensibilidad que da razón de ser al sentido del gusto. Al final el gusto se llena de basura y se convierte en algo tan insensible como la conciencia de un viejo juez”. No sólo por el hecho de que el juez fuera viejo, sino por las evidencias acumuladas en su contra, Pierre Ebuka fue condenado a cadena perpetua y a cumplirla como ayudante de cocina de una sección de la McDonalds instalada en el castillo de If. En la memoria de todos los que asistimos al acto quedará la inútil y última defensa que Ebuka hizo de su perdida causa cuando se le concedió el uso de la palabra.
    —Jamás habéis aplicado vuestra oreja sobre los campos en el momento en que las lechugas aúllan de dolor cuando las cortáis o habéis puesto vuestra mano sobre el corazón de la vaca cuando presiente su muerte, nada más entrar en el callejón kafkiano de un matadero municipal, legitimado por todas las ordenanzas de la CEE. Sólo conocéis el miedo a morir o la muerte como una cuestión de hombres y mujeres, siempre y cuando esos hombres y esas mujeres se parezcan a vosotros, convertidos en espejos de vuestro propio riesgo.
    Un espectáculo tan bárbaro tuvo terribles secuelas. Un mes después, aproximadamente, fue detenido un alto cargo de la CEE acusado de haberse comido a una joven encuestadora que se ganaba la vida contribuyendo a establecer estadísticas sobre el uso del transporte público entre los eurócratas. Fue una auténtica chapuza. Quiso hacer un salmis y le salió un ragout.”
Manuel Vázquez Montalbán. El festín de Pierre Ebuka (fragmento), en “La próxima luna

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