Taller de escritura gótica en Valencia

28 Jul

Taller de escritura gótica: homenajes a Rafael Solaz y a la escritura de ultratumba. Un nuevo bloque temático llega a las comunidades de escritura creativa y los talleres literarios Luna de Papel en la capital del Turia para invitarnos a una experiencia colectiva de escritura gótica inspirada en la visita guiada al Cementerio General de Valencia y la clase magistral que dio el reconocido bibliófilo, documentalista e investigador Rafael Solaz para las cadenas literarias de Libro Vuela Libre en nuestra ciudad.

Lápida que inspirará algunos de los relatos de nuestro taller de escritura gótica en Valencia

Fotografía cedida por Rafael Solaz

Si eres uno de los autores en formación que forma parte de nuestros programas de técnicas de escritura en curso o de la próxima selección de talentos de los talleres literarios adscritos a Libro Vuela Libre en Valencia, sigue las instrucciones de tu grupo para participar en esta experiencia colectiva de escritura gótica en un espacio narrativo muy particular: el cementerio, donde el tiempo se detiene y las piedras se convierten en escenarios simbólicos que guardan memorias y archivos emocionales infinitos.

Experiencias literarias en curso adscritas a Libro Vuela Libre y taller de escritura gótica en Valencia de Luna de Papel: homenajes a la escritura de ultratumba

El gótico no es solo oscuridad: es sensibilidad, exceso, misterio, belleza decadente y preguntas sin respuesta. Es un género que nos permite mirar lo que normalmente evitamos ver y transformarlo en arte.

En el cementerio, el gótico encuentra su hogar natural: la piedra húmeda, los nombres borrados, los ángeles que parecen vigilar las tumbas, las grietas que cuentan historias no escritas… Esta temporada los talleres literarios de Libro Vuela Libre y el taller de escritura gótica Luna de Papel adscrito a esta iniciativa y dirigido por Aurora Luna, nos invitan a una experiencia literaria colectiva inspirada en la clase magistral y la posterior visita guiada al Cementerio General de Valencia de Rafael Solaz, hijo predilecto de nuestra ciudad y autor elegido este año por el programa de liberación de talentos de Libro Vuela Libre como invitado especial por Valencia de su hermanamiento literario internacional con Lituania.

En esta actividad colectiva del taller de escritura gótica inspirada en la visita guiada de este experto documentalista, los participantes podrán rendir homenaje literario al género después de caminar en silencio por el espacio narrativo del cementerio para afinar su percepción, descubrir símbolos funerarios, poner en marcha la imaginación a partir de epitafios, esculturas y rincones olvidados y crear escenas, microficciones o fragmentos de novela con atmósfera gótica.

La vida se vuelve más intensa cuando se sabe finita, y hoy anunciamos esta experiencia de escritura gótica colectiva que llevaba tiempo gestándose en nuestro taller de narrativa y que se ha inspirado en los interminables recovecos del Cementerio General de Valencia gracias a la inspiradora labor de documentación de Rafael Solaz, que lo ha convertido en un laboratorio perfecto para la imaginación literaria.

Seguid a través de la lista de difusión del taller las claves de esta experiencia en la que nuestros escritores en formación trabajarán su técnica, creatividad y estilo literario para rescatar historias que crecen bajo la superficie y se atreven a cruzar el umbral de la muerte. Un desafío a la imaginación colectivo que tratará de alejarse de los clichés y que, más que un homenaje a la muerte, será un ejercicio de intensificación de la vida a través de la palabra.

2 respuestas to “Taller de escritura gótica en Valencia”

  1. Avatar de gtlpastor
    gtlpastor 2 de septiembre de 2026 a 8:42 #

    La tarde moría lentamente sobre el Cementerio General de Valencia.

    El cielo, herido por las últimas luces del día, derramaba una palidez enfermiza sobre las tumbas. Los cipreses se alzaban como sombras negras y el viento arrastraba las hojas secas por los senderos, como si la muerte barriera pacientemente los restos del mundo.

    Encontré la tumba de Teresita. Me acerqué. La figura de la niña parecía dormir sobre la piedra.

    —Teresita… —susurré.

    Entonces el viento murió. El cementerio contuvo la respiración.

    Oí una voz dulce, apenas un suspiro:

    —Has venido.

    Miré a mi alrededor. No había nadie.

    Cuando volví los ojos hacia la tumba, sentí que mi corazón se detenía.

    Una niña me miraba. Sus ojos, negros y profundos, penetraban en los míos.

    —¿Qué quieres? —pregunté.

    La niña sonrió. Y en aquella sonrisa había una tristeza tan inmensa que parecía haber sobrevivido a la muerte.

    La tierra comenzó a temblar bajo mis pies. De las tumbas surgió un murmullo. Eran voces. Cientos de voces. Miles de voces que susurraban nombres en la oscuridad.

    Entonces comprendí que las voces no pedían regresar a la vida. Solo querían ser recordados.

    Una lágrima descendió por el rostro de piedra de Teresita.

    —Todos tenemos miedo de morir —dijo.

    La miré.

    —Pero morir no es desaparecer —continuó susurrando mientras sus ojos se cerraron lentamente.

    —Desaparecer es que nadie pronuncie tu nombre —concluyó.

    Desde entonces, algunos visitantes aseguran que, cuando cae la noche, una niña vestida de blanco camina entre las tumbas del cementerio, se acerca a los desconocidos, los mira con unos ojos llenos de siglos, y les pregunta:

    —¿Tú también vas a olvidarme?

    Porque hay muertos que descansan bajo la tierra.

    Pero hay otros…

    que permanecen vivos mientras alguien los recuerda.

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  2. Avatar de practicallya0a40f10ca
    practicallya0a40f10ca 2 de septiembre de 2026 a 8:51 #

    El Ángel del Silencio

    «Los que han visto lo que yo he visto no escriben memorias. Escriben confesiones

    Fui al cementerio un martes de niebla, con flores blancas y la culpa vieja de no haber llegado al entierro de mi bisabuela Asunción, muerta en febrero con los ojos abiertos y una expresión que mi abuela Pilar describía como de quien por fin ve lo que siempre supo que estaba ahí. Nunca entendí si debía horrorizarme o consolarme con eso. Ahora lo sé.

    El panteón familiar está en la galería vieja, entre adoquines que las raíces han levantado y lápidas que el musgo ha vuelto ilegibles. Lo custodia el Ángel del Silencio, tallado en 1921: metro y medio de mármol gris, el índice sobre los labios, las alas tensas —no plegadas— contra la espalda. Lo había visto en fotos toda mi vida. Pensaba que lo conocía.

    Me arrodillé ante la lápida. Dejé las flores. Le dije a Asunción, en voz baja porque allí hablar alto parecía una profanación, todo lo que uno aplaza creyendo que siempre habrá tiempo. Nunca hay tiempo.

    Entonces oí piedra rozando piedra, lenta, a mi espalda.

    El ángel había vuelto la cabeza. Sus ojos lisos, sin pupila, me reconocían a mí, solo a mí. Bajó el dedo de los labios con la lentitud de lo inevitable y lo señaló hacia mi pecho. Movió los labios de mármol. No hubo sonido: solo una palabra que leí y que no escribiré, por miedo a que nombrarla complete lo que él empezó.

    Salí sin volverme. Cuando Valencia me devolvió sus ruidos —coches, pájaros, esa indiferencia obscena del mundo— miré atrás una sola vez.

    El dedo había vuelto a los labios. Guardando el secreto. Mi secreto, ahora.

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