LOS SOBRES SELVÁTICOS DE QUIROGA. Taller de escritura en Valencia, actividades de la clave T-51

20 Nov

Taller de escritura

   La atmósfera alucinante y llena de extraños delirios que puebla los relatos de Horacio Quiroga, uno de los mejores cuentistas del siglo XX, dará pie a la clave T-51 de nuestro taller de escritura en Valencia, cuyos ejercicios de estilo y actividades complementarias en curso alimentarán nuestra consciencia narrativa con siete inquietantes relatos suyos esta temporada.

Siete sobres selváticos y un banco de fragmentos de este maestro del cuento uruguayo, cuyos poemas modernistas también formarán parte de los próximos tributos literarios de LIBRO, VUELA LIBRE, nos trasladarán a un mundo de locura y de muerte inspirado en gran parte en el ambiente rural de la selva argentino-paraguayo-brasileña que tan a menudo aparece en sus narraciones.

Taller de escrituraTaller de escritura creativa en Valencia, clave T-51. Horacio Quiroga, fragmento de “El vampiro”:
“¡Por todos los santos!—grité yo entonces retorciéndome las manos—. ¡Salvémosla, compañeros! ¡Es un deber nuestro salvarla! Y corrimos todos. Todos corrimos con silenciosa furia a los escombros. Los ladrillos volaban, los marcos caían desescuadrados y la emoción avanzaba a saltos. A las cuatro yo solo trabajaba. No me quedaba una uña sana, ni en mis dedos había otra cosa que escarbar. ¡Pero en mi pecho! ¡Angustia y furor de tremebunda desgracia que temblaste en mi pecho al buscar a mi María! No quedaba sino el piano por remover. Había allí un silencio de epidemia, una enagua caída y ratas muertas. Bajo el piano tumbado, sobre el piso granate de sangre y carbón, estaba aplastada la sirvienta.”
Taller de escrituraTaller de escritura creativa en Valencia, clave T-51. Horacio Quiroga, fragmento de “La princesa bizantina”:
“El licor llegó, un esbelto bombylio verde. La corte se inclinó sobre la mesa, curiosa. Los príncipes se echaron atrás en las cátedras, vagamente fatigados. Entonces un esclavo negro extendió el brazo sobre el hombro de Brandimarte y vertió en su copa parte del precioso líquido. Brandimarte bebió. Nadie hablaba. En el estrecho el mar jugaba sin ruido, constelado por el rubí de las barcas que partían en fila con la hermosa noche de otoño.”
Taller de escrituraCurso de escritura creativa en Valencia, clave T-51. Horacio Quiroga, fragmento de “Los desterrados”:
“El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo. Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el lado derecho, tal como él quería. La boca, que acababa de abrírsele en toda su extensión, acababa también de cerrarse. Estaba como hubiera deseado estar, las rodillas dobladas y la mano izquierda sobre el pecho. Sólo que tras el antebrazo, e inmediatamente por debajo del cinto, surgían de su camisa el puño y la mitad de la hoja del machete, pero el resto no se veía. El hombre intentó mover la cabeza en vano. Echó una mirada de reojo a la empuñadura del machete, húmeda aún del sudor de su mano.”
Taller de escrituraCurso de escritura creativa en Valencia, clave T-51Horacio Quiroga, fragmento de “Los pescadores de vigas”:
“Tras gran sequía, grandes lluvias. A mediodía comenzó el diluvio, y durante cincuenta y dos horas consecutivas el monte tronó de agua. El arroyo, venido a torrente, pasó a rugiente avalancha de agua roja. Los peones, calados hasta los huesos, con su flacura en relieve por la ropa pegada al cuerpo, despeñaban las vigas por la barranca. Cada esfuerzo arrancaba un unísono grito de ánimo, y cuando la monstruosa viga rodaba dando tumbos y se hundía con un cañonazo en el agua, todos los peones lanzaban su ¡a… hijú! de triunfo. Y luego, los esfuerzos malgastados en el barro líquido, la zafadura de las palancas, las costaladas bajo la lluvia torrencial. Y la fiebre.”
Taller de escrituraCurso de escritura creativa en Valencia, clave T-51Horacio Quiroga, fragmento de “Anaconda”:
“Era entonces una joven serpiente de diez metros, en la plenitud de su vigor. No había en su vasto campo de caza, tigre o ciervo capaz de sobrellevar con aliento un abrazo suyo. Bajo la contracción de sus músculos toda vida se escurría, adelgazada hasta la muerte. Ante el balanceo de las pajas que delataban el paso de la gran boa con hambre, el juncal, todo alrededor, empenachábase de altas orejas aterradas. Y cuando al caer el crepúsculo en las horas mansas, Anaconda bañaba en el río de fuego sus diez metros de oscuro terciopelo, el silencio circundábala como un halo. Pero no siempre la presencia de Anaconda desalojaba ante sí la vida, como un gas mortífero.”
Taller de escrituraEjercicios de escritura, clave 51. Horacio Quiroga, fragmento de “Las rayas”:
“El vendedor -se llamaba Tomás Aquino- llegó cierta mañana a la barraca con una verbosidad exuberante. Hablaba y reía sin cesar, buscando constantemente no sé qué en los bolsillos. Así estuvo dos días. Al tercero cayó con un fuerte ataque de gripe; pero volvió después de almorzar, inesperadamente curado. Esa misma tarde, Figueroa tuvo que retirarse con desesperantes estornudos preliminares que lo habían invadido de golpe. Pero todo pasó en horas, a pesar de los síntomas dramáticos. Poco después se repitió lo mismo, y así, por un mes: la charla delirante de Aquino, los estornudos de Figueroa, y cada dos días un fulminante y frustrado ataque de gripe.”
Taller de escrituraEjercicios de escritura, clave 51. Horacio Quiroga, fragmento de “El desierto”:
“El hombre conocía bastante bien su río, para no ignorar dónde se hallaba; pero en tal noche y bajo amenaza de lluvia, era muy distinto atracar entre tacuaras punzantes o pajonales podridos, que en su propio puertito. Y Subercasaux no iba solo en la canoa. La atmósfera estaba cargada a un grado asfixiante. En lado alguno a que se volviera el rostro, se hallaba un poco de aire que respirar. Y en ese momento, claras y distintas, sonaban en la canoa algunas gotas. Subercasaux alzó los ojos, buscando en vano en el cielo una conmoción luminosa o la fisura de un relámpago.”


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