Archivo | noviembre, 2020

María Eguía en la biblioteca de talentos de Libro vuela libre

9 Nov

María Eguía, antigua integrante de Cada mirada es única, la antología que recoge la liberación de talentos de los talleres literarios de Libro vuela libre, acaba de dejar un ejemplar firmado de su última novela, El retrato de Clara, en la biblioteca de talentos de nuestra comunidad de escritores en Valencia.

María Eguía firmando para la biblioteca de talentos de los talleres literarios de Libro vuela libre en Valencia un ejemplar de su novela El retrato de Clara

Siempre es una enorme alegría ver cómo la pasión por escribir de los integrantes de la selección de talentos de nuestros talleres literarios da sus frutos. Aquí os dejamos un fragmento de El retrato de Clara, que ya va por su segunda edición, y de cuya publicación impresa van a poder disfrutar todos los integrantes de nuestras cadenas literarias en la capital del Turia a partir de ahora.

Sugerencias en curso de la biblioteca de talentos de Libro vuela libre. Fragmento de El retrato de Clara, la última novela de María Eguía

Gracias a esas tardes de los sábados en las que el abuelo fue narrándome las batallitas de su juventud y también las del resto de la familia y allegados, yo fui componiendo nuestro árbol genealógico. Y lo que comenzó siendo un bonsái terminó por convertirse en un hermoso árbol bajo cuya copa se cobijaban personajes de todo pelaje.  

Con suma habilidad, el abuelo dosificó la información y me la fue refiriendo conforme fui creciendo y pensó que podría asimilarla. Y si bien a los ocho o nueve años tan solo me había relatado las historias hollywoodienses de Blasco Ibáñez, cumplidos los doce comenzó hacerme partícipe del panorama político y social valenciano de principios del siglo XX.  

Una tarde que caía un agua a cántaros y el otoño cedía terreno al invierno, conocí los pormenores de la estrecha amistad que el Corchao y Vicente Blasco Ibáñez compartieron. Ambos deseaban desarrollar el gran potencial de Valencia y darle una visibilidad que traspasara fronteras. Guardando las distancias y otorgando a cada uno su justo lugar, he de reconocer que tuvieron muchas cosas en común. Republicanos hasta la médula y también masones, con su fogosa oratoria llegaban a la gente, contagiándole sus anhelos políticos. Vivieron a orillas del mediterráneo. Aunque en periodos diferentes, ocuparon un escaño en el Congreso de los Diputados. Les gustaba reunirse en La Malvarrosa, en Las Arenas o en los casinos, centros en los que los ciudadanos de ideas avanzadas departían sobre política. También coincidían en las instalaciones del periódico El pueblo, fundado por el escritor, o en las del PURA (Partido de Unión Republicana Autonomista). Se rodeaban de gente que, como ellos, creía que la cultura era poder y libertad y, por lo tanto, debía estar al alcance de todo el mundo. En el casino de la calle Libreros, el escritor impulsó la creación de una Universidad Popular, cuya inauguración corrió a cargo del catedrático Gumersindo de Azcárate en el año 1903, que gozó de gran efervescencia; en El Cabañal, el Corchao procuraba estudios a los jóvenes que no podían permitírselo. En medio del régimen democrático de izquierdas en el que se desenvolvieron, ambos disfrutaron de momentos serenos e ilusionantes, aunque también de otros convulsos que los obligaron a vivir con muchos kilómetros de por medio.  

   -—Don Vicente fue uno de los mejores embajadores que ha tenido nuestra ciudad, querida Alba —me confesó el abuelo una tarde—, pues desde las páginas de sus novelas, haciendo gala de una gran pluma y una brillante imaginación, colocó el nombre de Valencia en el mapa. En una época en la que no existía la televisión, teléfono tenía poca gente y viajar no viajaba casi nadie, la lectura era la mejor forma de conocimiento. ¿Imaginas la de gente de todas partes que conoció nuestras costumbres gracias a sus obras? 

  Y para que yo fuera consciente de ello, me leía retazos de Cañas y barro, Flor de mayo, Entre naranjos, La barraca, Arroz y tartana o Cuentos valencianos. 

  —El remate llegó cuando en los años veinte, en Hollywood, se filmaron dos películas basadas en sus novelas Los cuatro jinetes del Apocalipsis y Sangre y Arena, protagonizadas ambas por Rodolfo Valentino, el galán del momento. Y Greta Garbo debutó en el cine con la adaptación de Entre Naranjos, imagínate. 

   A mi juicio, no se podía ser más internacional ni rodearse de gente más glamurosa en aquella época. 

María Eguía, fragmento de El retrato de Clara

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