PILARES DE LA CULTURA: APRENDER A PENSAR

3 Ago

Marilyn Monroe leyendo

“Eran comentarios relevantes para nuestro mundo, porque él sabía que la literatura siempre se dirige a los lectores del presente”.
Una historia natural de la curiosidad, Alberto Manguel.

¿Qué nos permite la lectura?: mirar, indagar, pensar, curiosear… Montaigne escribió que una cabeza bien formada es siempre preferible a una muy llena; Rousseau, que solo somos curiosos en proporción con nuestra cultura; y Maurois, que la cultura es lo que queda después de haber olvidado lo que se aprendió. En cualquier caso no cabe la menor duda de que la cultura, ese mar al que siempre acaban dirigiéndose las almas inquietas, está íntimamente ligada a la lectura y de que el desarrollo de la capacidad de aprender a aprender, de aprender a pensar, ha de estar presente en cualquier proceso de enseñanza-aprendizaje de nuestro tiempo. Alberto Manguel, uno de los autores de referencia de nuestro taller de escritura en Valencia, lo describe hermosamente en este pasaje de “Una historia natural de la curiosidad”, la obra que nos acompañará en nuestro próximo encuentro literario:

Aquel profesor sabía algo fundamental sobre el arte de la enseñanza. Un maestro puede ayudar a sus alumnos a descubrir territorios desconocidos, proporcionarles información especializada, ayudarles a crear una disciplina intelectual pero, por encima de todo, debe generarles un espacio de libertad mental en el que tengan la oportunidad de ejercitar la imaginación y la curiosidad, un lugar para aprender a pensar. Simone Weil dice que la cultura es “la formación de la atención”. Lerner nos ayudó a adquirir esa clase de atención indispensable para el aprendizaje.
Su método consistía en hacernos leer en voz alta todo el libro, renglón tras renglón, y en añadir sus propios comentarios cuando lo creía conveniente. Eran comentarios eruditos, ya que él tenía fe en nuestra inteligencia adolescente y en nuestra persistente curiosidad; también eran graciosos o profundamente trágicos, porque para él la lectura era, por encima de todo, una experiencia emocional; eran indagaciones sobre cosas de un tiempo muy antiguo, puesto que él sabía que lo que se había imaginado en algún momento del pasado se filtraba en lo que imaginamos hoy; eran comentarios relevantes para nuestro mundo, porque él sabía que la literatura siempre se dirige a los lectores del presente.
Pero no pensaba en lugar de nosotros. Al toparnos con otro discurso en el que Celestina, sin decir una sola mentira, tuerce y distorsiona la narración de modo que quien siga su lógica aparentemente impecable cae en la trampa de creer que sus palabras son ciertas, Lerner nos hacía parar la lectura y sonreía. “Señores -preguntaba-. ¿Creen en lo que ella dice?”.
 Una historia natural de la curiosidad, Alberto Manguel 

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