Actividades complementarias de abril en el taller de escritur en Valencia Luna de Papel y en las comunidades literarias adscritas al programa de liberación de talentos de Libro Vuela Libre. Mientras continúan los tributos literarios a Edgard Allan Poe en las comunidades de escritores del taller literario de Valencia Espaciocrea y se desarrollan los bloques de formación literaria de la clave G39 de nuestro taller de escritura creativa, se acaba de abrir una nueva carpeta de tributos a escritores valencianos del siglo XX como Manuel Vicent.
Sigue las instrucciones de tu grupo para trabajar la consigna dedicada a este autor nacido en la Comunidad Valenciana y visita también en el siguiente enlace toda la información sobre los nuevos bloques literarios de los talleres de escritura adscritos a la liberación de talentos en curso de Libro Vuela Libre: Talleres de Escritura Creativa Valencia | Libro Vuela Libre

Tributos a Manuel Vicent. Actividades complementarias de abril en el taller de escritura en Valencia Luna de Papel
«Estas son algunas cosas que me gustan: un potaje de legumbres que me recuerde la infancia, releer algún fragmento de los Principios metafísicos de Spinoza en el sillón de orejas tomando un oporto, jugar al póquer con mis amigos en las tardes de sábado, ver cómo se besan los adolescentes entre los capós de los coches bajo el clamor de las ambulancias y las sirenas de la policía, pensar en el mar y en su perfume de algas cuando quedo atrapado en un atasco en la ciudad, imaginar que no es la CNN la que crea el mundo cada mañana, sino el canto del mirlo que suena en la acacia. También me gusta el arroz al horno, el Príncipe de Maquiavelo, la voz de Ray Charles, el retrato de Un cardenal desconocido pintado por Rafael, el pasodoble Paquito el Chocolatero que toca una orquestina de verano en cualquier verbena valenciana, las odas de Horacio, los mercados de frutas y verduras, el contacto de la piel con la tela de algodón, las primeras brevas de San Juan, los cuentos de Allan Poe, el pimiento asado sobre el que resbala el aceite de oliva. Me gusta Ella Fitzgerald y Duke Ellington, las melodías de Irving Berlin y Cole Porter y las canciones de Nat King Cole, la sobrasada de Mallorca y algunos versos de Safo, la Metamorfosis de Ovidio, los zapatos Timberlan para caminar y el prólogo al Persiles de Cervantes, el olor a tinta del periódico que se confunde con el aroma del café en el desayuno y algunos proverbios de Ramón Llull. Me gusta perder el tiempo hablando con los amigos, apartar el pie para no pisar una hormiga, no asistir a ningún cóctel, presentación, conferencia ni mesa redonda, andar por la ciudad con las manos en los bolsillos contemplando los rostros anónimos de la gente mientras imagino la etimología de ciertas palabras. Me gusta visitar una exposición de pintura en algún museo el domingo por la mañana y también pasar la yema de los dedos por los cantos de un incunable. Me gustan los erizos de mar en enero y el Autorretrato de Durero en cualquier época del año.
NO ME GUSTAN las manos blandas y húmedas, las pastelerías con luz de neón. Los que usan bastón sin estar cojos, los granos de arroz dentro del salero, el helado servido en copa de metal, los coches con alerones, los pantalones blancos transparentes, los gritos del megáfono en las tómbolas donde rifan muñecos de peluche, los que soplan en la cuchara de sopa, las cunetas llenas de papeles y botellas, las vitrinas polvorientas de los bares de carretera que exhiben productos típicos de la región, los tipos que te hablan muy cerca de la cara echándote un aliento fétido, los que salen del restaurante con un palillo en la boca y al pasar junto a tu mesa te dicen: que aproveche, el olor a margarina asada de las cafeterías, el gracioso que cuenta chistes los viernes en las cenas de matrimonios. Hay cosas peores. Cada día de la sobremesa nos sirven en directo los mejores crímenes contra la humanidad. Un ciudadano moderno es aquel que puede digerir perfectamente al mismo tiempo lenguados a la plancha e imágenes de cuerpos masacrados, sorbetes de mandarina y bombas en los hospitales. Muchas personas son el resultado de una mala química pero el hecho de que haya tantas tragedias en el mundo no me impide que odie los zapatos de rejilla y los bares con ensaladillas podridas en el mostrador y el suelo cubierto de serrín con cáscaras de mejillones. El infierno también se compone de minúsculas cosas que a uno no le gustan: los músicos callejeros que utilizan grandes bafles para pedir limosna tocando un bolero, los intelectuales sesentones que todavía usan pantalones vaqueros muy ceñidos, los besos en la mejilla demasiado húmedos, los huesos de aceituna sobre el mantel, chuparse la yema del dedo para pasar la hoja del periódico, los que riñen con el camarero, las cubiertas de los libros con títulos dorados en relieve, los calcetines blancos en invierno, el chándal para dar la vuelta a la manzana los domingos, los nombres que salen en negrita en cualquier artículo. El infierno de cada día también es eso».
Manuel Vicent, Para huir










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